El legado de Esther:
Cada vez que vemos a una mujer afroperuana en la televisión peruana, sentimos lo mismo:
esa puerta la abrió Esther Chávez.
Quizá hubo otras mujeres negras en el arte, pero la primera que el Perú entero conoció en la pantalla chica , la que entró a los hogares con la frente en alto y la piel sin miedo, fue ella Esther Chávez. Para nosotras, fue más que una figura pública: fue mamá y mamá-abuela.
Para Esther, actuar no fue solo un oficio.
Fue alimento espiritual y también sustento.
Cada papel, aunque fuera pequeño (esos “bolitos” como ella los llamaba) significaba algo grande:
era arte, era dignidad y era pan para su familia.
En casa, fue madre antes que mujer.
Y tantas otras veces, también fue padre.
Fue firme, exigente, protectora.
Crió a sus hijos con carácter y valores, y cuando la vida lo pidió, también luchó por sus nietos (hijos de su hijo Lucho), especialmente por los mayores, los primeros nietos, a quienes acompañó, cuidó y ayudó a formar como si fueran sus propios hijos.
Nunca permitió que nadie nos humillara ni que ella misma fuera humillada.
“No hay que dejarse pisar el poncho”, decía siempre, y esa frase fue ley de vida en su casa.
Sabía quién era, y nos enseñó a saber quiénes éramos.
Luchó por su familia con una fuerza que todavía nos deja sin aliento.
Su mayor legado fue su capacidad de sacrificio, entrega y desapego.
A los 80 años vendió su casa en Lima y eligió empezar de nuevo, lejos de su país, cargando silencios, ausencias y dolores que solo una mujer profundamente valiente puede cargar.
Sus hijos mayores, Rodolfo y Lucho, partieron en 1994 y 2001.
Y esa ausencia marcó para siempre a nuestra madre y abuela.
Tal vez por dolor, tal vez por proteger su alma, decidió alejarse de su Perú.
Y sin embargo, nunca se fue del todo.
Esther vive en cada actriz negra que hoy pisa un set de televisión.
Vive en sus libros La morena de abajo el puente y Paulita me lo contó mi madre, donde dejó enseñanzas sobre cómo ser madre, hija y mujer, con amor propio y dignidad.
Vive en nosotras:
en Ivette, su hija, que también eligió el teatro y aprendió de ella a amar ese arte que duele, que transforma y que libera;
y en Melissa, quiza su nieta predilecta, que creció bajo su mirada firme y amorosa, y que lleva su fuerza como herencia.
El legado de Esther Chávez no fue solo el de una actriz pionera.
Fue el de una mujer real, valiente y generosa, que aun sin tenerlo todo, lo dio todo:
a sus hijos, a sus nietos, a su familia, a la gente que amó y a su público.
Por eso, quienes quedamos vivas para contar su historia, la recordamos así:
la primera actriz afroperuana…
y la madre y madre-abuela más fuerte y valiente que conocimos.
Flores para Esther de sus hijos.