Yo, Ivette....crecí en camerinos.
Mientras otros niños jugaban en parques, yo jugaba entre telones, luces y libretos. Mi madre era Esther Chávez. Y yo la observaba con ojos grandes, asombrada de cómo una mujer podía transformarse en tantos personajes y seguir siendo tan ella...especialmente en casa.
La vi reír, maquillarse con prisa, llorar detrás del escenario, salir al aplauso y volver a casa, en Urb Apolo, con el alma agotada, pero entera.
De niña, la vi fumar entre ensayo y ensayo. Y también la vi perder la voz. Recuerdo ese día, en la obra Doña Flor y sus Dos Maridos" ( teatro Marsano) tan claro como si fuera hoy: me miró, se miró, y se dijo a sí misma, con voz ronca pero decidida:
"No fumaré más."
Y nunca más fumó.
Así era mi madre. Cuando se decidía, no había vuelta atrás.
No fue solo una actriz. Fue madre soltera, fue sobreviviente, fue pionera. Nunca tuvo premios oficiales, pero tuvo algo más fuerte: la dignidad de haber sido ella misma en todo momento.
Hoy la comparto con ustedes desde este espacio que lleva su nombre, su historia y su alma.
Gracias por escuchar su voz, y ahora, un poquito de la mía.